El piano es lo único que sigue perdurando dentro de mí, eso
que consigue hacerme sentir la emoción aunque no consiga entenderlo, ya no
consigo sacarla. Tengo la cabeza
embotada de sentimientos que ya no se sacar.
Todo lo indicaba, apuntaba a ello. ¿Desde cuando me he
querido volver tan ignorante a las señales? Estúpida, necia… El cielo lo
pintaba, y tú me interrumpiste para que lo viera: una tormenta roja que
acechaba por el horizonte. Tan bella y tan perturbarte, algo nuevo que nunca
había visto, algo terrible que nunca había sentido. Eso fuiste.
Recuerdo mi pecho desgarrarse, como una sábana, fina y seca
emitiendo un sonido espeluznante, de esos que se te eriza la piel al
escucharlo. Y así es, aunque se cosa la brecha de la tela, siempre quedará la
cicatriz, como las del costado izquierdo, otra más para la colección.
Las noches son vacíos de estrellas que reflejan recuerdos y
me rocían con pimienta la mirada. En cambio el día es más dócil, el cielo es un
lienzo para mi mente donde se muere por estrenar pero algo retiene la mano. ¿será
miedo? El pánico al blanco. La cabeza va
por libre y me rompe la serenidad, piensa y piensa y piensa y basta!
Y aunque sean las caídas las que doman este tiempo, los
aciertos que vendrán compensan todo lo demás, y entonces brillará de nuevo,
brillará como nunca. Lo hará con más esplendor de lo que lo hizo esa sonrisa de
luna jamás.
Pero es ahora ese reflejo en el cielo iluminando la noche
que me recuerda con fuerza que sigo aquí, y seguiré por el resto de mis días.
Quisiera volver a entenderme.
Hola.


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