Moratones,
cicatrices y heridas. Un cuerpo como una carta desgastada. Cada milímetro está estudiado, cada poro, cada raíz y cada volumen, y mis manos, con el afán celoso de no poder cortarlo todo a pedazos para
resurgir siendo un reflejo más
ameno. El espejo me odia.
Me
estaré haciendo una adepta. Últimamente pierdo la cuenta
de los minutos que paso arrodillada, rezándole
desde mi garganta al agua sucia con mis vísceras
flotando y con el halo de cerámica iluminando un sueño. Y así,
con alguna triste canción resonando de fondo desde otra habitación, mientras mi mente divaga pensando en la
flor que soy.
Una
flor de Luna con los pétalos manchados. Aun así, aun viéndome reflejada con los ojos color
carmesí cristalinos y escupiendo
sangre, me consuelo cantándome, susurrando que ésta flor de Luna brilla
en la oscuridad, aunque nadie la vea, que es diferente y algún día sus pétalos volverán a relumbrar ante el espejo.
Pero
por el momento, sigo arrodillada, rezando, expiando mis ansiedades y observando las
heridas de mi fina y pálida
piel…
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